Maria Estuardo
Maria Estuardo La fuga es tan romántica como corresponde a una reina romántica: MarÃa Estuardo o Georges Douglas han conseguido, entre los habitantes del castillo, la ayuda de un muchacho, William Douglas, que sirve allà como paje, y ese muchacho ágil y despierto hace su tarea con habilidad. El severo reglamento de la casa exige que durante las cenas en común en el castillo de Lochleven, como medida de seguridad, todas las llaves de las puertas de salida se dejen en la mesa junto al gobernador del castillo, que se las lleva por la noche para meterlas debajo de la almohada. Pero incluso durante las comidas quiere tenerlas visibles y a mano: asà que también esta vez están ante él, pesadas y metálicas, encima de la mesa. Mientras se sirven los platos, el ingenioso muchacho tira una servilleta sobre las llaves del gobernador, y mientras los comensales, después de haber tomado vino en abundancia, siguen charlando despreocupados, él al recoger se lleva las llaves junto con la servilleta. Todo se hace con la prisa prevista; MarÃa Estuardo se disfraza con las ropas de una de sus criadas, el muchacho la precede, abre las puertas por dentro y las cierra por fuera tan cuidadosamente que nadie podrá seguirlos con rapidez; él mismo tira las llaves al lago. Antes, ha atado entre sà todos los botes disponibles, y los saca al lago con el suyo; con eso, la persecución se vuelve imposible. Ahora sólo tiene que llevar la canoa a la otra orilla, en la cálida noche de mayo, y allà están esperando Georges Douglas y lord Seton con cincuenta jinetes. La reina, sin titubear, salta al caballo y galopa toda la noche hasta el castillo de los Hamilton. Con la libertad, ha vuelto a despertar en ella la antigua osadÃa.