Maria Estuardo
Maria Estuardo No cabe duda de que Isabel recibe con sincera consternación la noticia de la llegada de María Estuardo a Inglaterra, porque esa indeseada visita la sume en amarga confusión. Es cierto que durante el último año había tratado de proteger a María Estuardo, por solidaridad monárquica, contra sus súbditos rebeldes. Le había asegurado de forma dramática —el papel es barato y la cortesía escrita fluye fácilmente de la pluma diplomática— su comprensión, su amistad, su amor. Exaltada, demasiado exaltada, le había prometido que en cualquier circunstancia podía contar con ella como fiel hermana. Pero jamás Isabel había invitado a María Estuardo a ir a Inglaterra, al contrario, desde hacía años y años siempre había evitado la posibilidad de un encuentro personal. Y ahora esa molesta mujer ha desembarcado de pronto en Inglaterra, en la mismísima Inglaterra, cuya verdadera reina se preciaba arrogante de ser hasta hace poco. Ha venido sin previa consulta, invitación o ruego, su primera palabra es ya una reclamación de aquella antigua promesa de amistad, puramente metafórica. María Estuardo ni siquiera pone en cuestión en su segunda carta si Isabel desea recibirla o no, sino que lo exige como su evidente derecho: «Os ruego que mandéis a buscarme lo antes posible, porque me hallo en un estado que no sólo sería lamentable para una reina, sino hasta para una simple hidalga. No tengo más que mi vida, que sólo pude salvar cabalgando por los campos sesenta millas el primer día. Vos misma lo veréis cuando, como espero, tengáis compasión de mi inconmensurable desdicha».