Maria Estuardo
Maria Estuardo Pero Isabel no está sola. Junto a ella está Cecil, el hombre de los ojos frÃos y acerados, que mueve sin pasión, jugada a jugada, en el tablero del ajedrez polÃtico. Cautelosa, esta mujer temperamental, en la que cada soplo de aire influye, ha puesto a su lado a este sobrio y duro calculador, que, totalmente ajeno a las musas, totalmente ajeno al romanticismo, odia desde el profundo puritanismo de su naturaleza todo lo apasionado, lo desenfrenado de MarÃa Estuardo, que como riguroso protestante desprecia a esa católica, y además —sus notas privadas lo demuestran— está completamente convencido de su culpabilidad y coautorÃa en el asesinato de Darnley. Enseguida sujeta el brazo que Isabel ofrece solÃcita. Porque como polÃtico ve con claridad las amplias obligaciones que para el gobierno inglés se derivarÃan de la unión con esa plañidera pretenciosa, que desde hace años y años no crea más que problemas allá donde aparece. Recibir a MarÃa Estuardo en Londres con honores reales significarÃa implÃcitamente el reconocimiento de su derecho a Escocia e impondrÃa a Inglaterra la obligación de actuar con armas y dinero contra Moray y los lores. Cecil no siente la menor inclinación a hacer tal cosa, porque él mismo ha acicateado a los lores a la revuelta. Para él, MarÃa Estuardo es y seguirá siendo la archienemiga del protestantismo, el archipeligro para Inglaterra, y logra convencer a Isabel de su peligrosidad; con disgusto, la reina inglesa se entera de con qué honores han recibido sus propios nobles a la escocesa en su territorio. El más poderoso de los lores católicos, Northumberland, la ha invitado a su castillo, el más influyente de sus lores protestantes, Norfolk, le hace una visita. Todos parecen hechizados por la prisionera, y como Isabel es desconfiada por naturaleza y, como mujer, vanidosa hasta la locura, pronto abandona la generosa idea de traer a su corte a una princesa que le hará sombra y podrÃa servir de bienvenida pretendiente a los descontentos de su reino.