Maria Estuardo
Maria Estuardo MarÃa Estuardo pronto se percata de este secreto tira y afloja; igual que Isabel no se deja engañar por ella, también ella tiene claras las intenciones de su querida prima. Se defiende y opone resistencia, escribe cartas ora dulces, ora amargas, pero desde Londres ya no se afloja el lazo, al contrario, poco a poco se va apretando más y haciéndose más cortante. Poco a poco, para reforzar la presión psicológica, se toman toda clase de medidas para demostrarle que se está decidido a ejercer la violencia en caso necesario, en caso de disputa, en caso de negativa. Se le restringen las comodidades, ya no puede recibir visitas de Escocia, en cada salida a caballo la acompañan no menos de cien jinetes, y un dÃa la sorprende la orden de trasladarse desde Carlisle, desde el mar abierto —donde al menos la vista puede vagar libre hacia lo lejos, y quizá un barco amigo se la lleve—, al sólido castillo de Bolton, en el Yorkshire, a una «very strong, very fair and very stately house». Naturalmente, también este duro mandato está endulzado con miel, todavÃa la garra afilada se oculta temerosa tras la aterciopelada pata: se asegura a MarÃa Estuardo que Isabel sólo ha ordenado el traslado por la tierna preocupación de saberla más próxima y para acelerar su correspondencia. Aquà en Bolton tendrá «más alegrÃa y libertad, y estará completamente a salvo de todo peligro causado por sus enemigos». MarÃa Estuardo no es tan ingenua como para creer en tanto amor, se defiende y se sigue negando, aunque sabe que ha perdido el juego. Pero ¿qué remedio le queda? Ya no puede regresar a Escocia, no puede ir a Francia, y su situación externa se va haciendo cada vez más indigna: vive del pan ajeno, y las ropas que lleva han sido prestadas por Isabel. Completamente sola, apartada de todos sus verdaderos amigos, rodeada tan sólo de súbditos de su adversaria, MarÃa Estuardo va poco a poco perdiendo la seguridad en su resistencia.