Maria Estuardo
Maria Estuardo Por fin, y con eso contaba Cecil, comete el gran error que Isabel esperaba con tanta impaciencia; en un momento de dejadez, MarÃa Estuardo se declara conforme con que se lleve a cabo una investigación. Es el mayor error, el más imperdonable que ha cometido nunca, dejarse alejar de su intocable punto de partida de que Isabel no puede juzgarla y no puede privarla de su libertad, de que como reina y como huésped no tiene por qué someterse a ningún arbitraje ajeno. Pero MarÃa Estuardo siempre tiene fogosas explosiones de valor de corto aliento, y nunca la fuerza de la dura resistencia, tan necesaria para una princesa. Con la sensación de haber perdido suelo bajo los pies, trata en vano de poner condiciones a posteriori y, después de haberse dejado arrancar la promesa, de aferrarse al menos al brazo que la empuja al abismo. «No hay nada —escribe el 28 de junio— que yo no hiciera a una palabra vuestra, porque jamás he dudado de vuestro honor y lealtad real.»
Pero no hay palabras ni ruegos que ayuden a posteriori a quien se ha entregado a la clemencia o la inclemencia. La victoria reclama sus derechos, y siempre se transforma en injusticia para los vencidos. Vae victis!