Maria Estuardo
Maria Estuardo Apenas María Estuardo se ha dejado arrancar, con ligereza, el consentimiento a un «tribunal arbitral imparcial», el gobierno inglés aplica todos los recursos de su poder para convertir el procedimiento en parcial. Mientras a los lores se les permite comparecer en persona, armados con toda clase de pruebas, a María Estuardo sólo se le permite hacerse representar por dos personas de su confianza; sólo desde lejos y a través de intermediarios puede presentar sus acusaciones contra los lores rebeldes, que por su parte pueden hablar libremente y en voz alta y pactar en secreto… Mediante esa perfidia queda desplazada desde el principio de la posición del que ataca a la del que se defiende. Sin hacer ruido, las hermosas promesas van cayendo una tras otra debajo de la mesa de negociaciones. La misma Isabel que acababa de declarar incompatible con su honor admitir a María Estuardo en su presencia antes de que termine el proceso recibe sin reparos al rebelde Moray. De pronto ya no se habla de consideraciones para con su «honor». Sin duda la intención de llevar a María Estuardo al banquillo de los acusados sigue disfrazándose de manera pérfida —es preciso tener cautela ante el extranjero—, y la fórmula para ello es que los lores tienen que «justificarse» por su rebelión. Pero esa justificación que Isabel exige, hipócrita, a los lores significa, por supuesto, que deben exponer los motivos por los que se han alzado en armas contra su reina. Por tanto, se les invita implícitamente a exponer toda la cuestión del crimen real, y con eso la punta de la espada se vuelve por sí misma contra María Estuardo. Si los lores aportan suficientes acusaciones contra ella, en Londres se podrá cavar el cimiento jurídico para seguir reteniendo a María Estuardo, y lo imperdonable de su prisión quedará felizmente perdonado ante el mundo.