Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Sin embargo, pensada como juego de engaños, esta conferencia —a la que no se puede calificar de procedimiento judicial sin ofender a la justicia— degenera de forma inesperada en comedia, en un sentido completamente distinto del que Isabel y Cecil deseaban. Porque, apenas se ha llevado a las partes a la mesa redonda para que se acusen mutuamente, ambas muestran pocos deseos de sacar a la luz sus datos y sus fechas, y ambas saben muy bien por qué. Porque —es la extravagancia que vuelve único este proceso— en el fondo aquí acusadores y acusada son cómplices del mismo crimen, ambos preferirían pasar sobre ascuas sobre el delicado asunto del asesinato de Darnley, en el que todos tuvieron «arte y parte». Si Morton, Maitland y Moray abrieran aquella arqueta y afirmaran que María Estuardo había sido cómplice o al menos tenía conocimiento del hecho, sin duda los honorables lores tendrían razón. Pero también tendría razón María Estuardo si acusara a los lores de haber conocido el hecho de antemano y haberlo aprobado al menos con su silencio. Si los lores ponen sobre la mesa aquellas lamentables cartas, María Estuardo, que conoce por Bothwell a los firmantes del criminal bond y quizá tenga incluso esa hoja en sus manos, puede arrancar la máscara a esos tardíos patriotas del rey. Por eso, nada más natural que el mutuo disgusto a la hora de proceder con dureza los unos contra los otros, nada más comprensible que su común interés por tratar à l’amiable el penoso asunto y dejar al pobre Henry Darnley descansar tranquilo en su tumba. Requiescat in pace es la devota oración de ambas partes.


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