Maria Estuardo

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Casi no ha podido llegarle la carta a Amyas Poulet, y en modo alguno puede haber llegado la respuesta de Fotheringhay, cuando el viento ha vuelto a cambiar en Greenwich. A la mañana siguiente, jueves, un mensajero llama a la puerta de Davison con una nota de la reina; si aún no ha entregado la sentencia de muerte al canciller para ponerle el sello, debe dejar de hacerlo hasta que haya vuelto a hablar con él. Davison corre a ver a la reina y le explica que ejecutó enseguida su orden, la sentencia de muerte ya está sellada. Isabel parece descontenta. Calla, pero no hace reproches a Davison. Y, sobre todo, esta mujer ambigua no da la contraorden de que se le devuelva el documento sellado. Tan sólo se vuelve a quejar de que esa carga vuelva sobre sus hombros una y otra vez. Inquieta, camina de un lado a otro por la habitación. Davison espera, espera una decisión, una orden, una manifestación clara e inequívoca. Pero de repente Isabel abandona la habitación, sin haberle ordenado nada.







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