Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Por eso, no se aprecia en ella signo alguno de espanto o de mero asombro cuando el martes 7 de febrero sus criados anuncian que los lores Shrewsbury y Kent han llegado con algunos magistrados. Precavida, ordena a sus damas y a la mayoría de sus criados que entren. Sólo entonces recibe a los enviados. Porque desde este momento desea en cada instante la presencia de sus fieles, para que un día puedan atestiguar que la hija de Jacobo V, la hija de María de Lorena, por cuyas venas fluyen la sangre de los Tudor y los Estuardo, fue capaz de resistir erguida y gloriosa incluso lo peor. Shrewsbury, el hombre en cuya casa ha vivido casi veinte años, dobla la rodilla e inclina la gris cabeza. Le tiembla un poco la voz cuando anuncia que Isabel no ha podido evitar ceder al ruego insistente de sus súbditos y ordenar la ejecución de la sentencia. María Estuardo no parece sorprendida ante la mala noticia; sin el menor signo de conmoción —sabe que cada gesto quedará dibujado en el libro de la Historia— hace que le lean la sentencia, se santigua con calma y dice: «Alabado sea Dios por esta noticia que me traéis. No podría recibir otra mejor, porque anuncia el final de mis sufrimientos y la gracia que Dios me brinda de morir en honor de su nombre y su Iglesia, la católico-romana». No gasta ni una palabra en discutir la sentencia. Ya no quiere defenderse como reina contra la injusticia que le inflige otra reina, sino aceptar como cristiana el sufrimiento, y quizá considera el martirio el último triunfo que le queda en esta vida. Sólo tiene dos ruegos: que su confesor pueda asistirle con su consuelo espiritual y que la ejecución de la sentencia no tenga lugar a la mañana siguiente, para tener ocasión de tomar con cuidado sus últimas disposiciones. Ambas peticiones son rechazadas. No necesita un sacerdote de la herejía, responde el conde de Kent, fanático protestante, pero gustosamente le enviará un clérigo reformado para que la instruya en la religión verdadera. Naturalmente, en la hora en que va a dar testimonio de su fe ante todo el mundo católico, María Estuardo rechaza recibir lecciones sobre la verdadera fe de un clérigo hereje. Menos cruel que esta necia pretensión a una condenada a muerte es el rechazo del ruego de que se aplace la ejecución porque, como sólo se le concede una noche de preparación, las pocas horas que le quedan están de tal modo repletas que no le queda tiempo para el miedo o la inquietud. El tiempo, y éste es un regalo de Dios a los hombres, siempre es demasiado corto para un moribundo.


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