Maria Estuardo

Maria Estuardo

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María Estuardo reparte sus últimas horas con una circunspección y un cuidado que, funestamente, no tuvo antaño. Como una gran princesa, quiere una muerte grandiosa, y con el impecable sentido del estilo que siempre la distinguió, con su sentido artístico heredado y su innata grandeza en los momentos peligrosos, María Estuardo prepara su salida de escena como una fiesta, un triunfo, una gran ceremonia. Nada debe ser improvisado, nada debe quedar al azar, al humor del momento, todo debe estar calculado en su efecto, ser mayestáticamente espléndido e imponente. Cada detalle está colocado con precisión y pleno sentido, como una estrofa emocionante o estremecedora en el poema épico de una muerte modélica en el martirio. Para que le quede tiempo de escribir con calma las cartas necesarias y ordenar sus ideas, María Estuardo ha pedido la cena antes que de costumbre, y simbólicamente le da el solemne formato de una última cena. Después de comer, reúne en círculo a su alrededor a la servidumbre y hace que le sirvan una copa de vino. Con rostro serio pero despejado, alza el cáliz lleno sobre sus leales, que han caído de rodillas. Bebe a su salud y pronuncia una alocución en la que les exhorta a mantenerse fieles a la religión católica y vivir en paz los unos con los otros. Pide —es como una escena de una vita sanctorum— a cada uno de ellos perdón por todas y cada una de las injusticias que les haya infligido alguna vez, de manera consciente o inconsciente. Sólo entonces hace entrega a cada uno de ellos de un regalo especialmente elegido: anillos, piedras preciosas, collares y encajes, todas las pequeñas exquisiteces que han alegrado y adornado su vida que se acaba. De rodillas, en silencio y sollozando, los destinatarios de los regalos aceptan sus dones, y contra su voluntad la propia reina se conmueve ante el doloroso amor de sus leales.


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