Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Por fin, se levanta y pasa a su habitación, donde ya arden las velas ante el escritorio. Todavía queda mucho que hacer entre la noche y la mañana: releer el testamento, tomar disposiciones para el duro trayecto y escribir las últimas cartas. La primera, la más apremiante, ruega a su confesor que se mantenga despierto toda la noche y rece por ella; sin duda sólo está a dos o tres habitaciones de distancia, en el mismo castillo, pero el conde de Kent —el fanatismo siempre es implacable— ha prohibido al sacerdote salir de sus aposentos para que no pueda administrar la extremaunción «papista» a María Estuardo. Luego la reina escribe a sus parientes, a Enrique III y al duque de Guisa; pero hay una especial preocupación, que le honra especialmente, que le agobia en esta última hora: que después de extinguirse su pensión francesa de viuda real, la servidumbre de su casa quede desatendida. Así que ruega al rey de Francia que asuma la obligación de hacer cumplir sus legados y mande leer misas «por una reina cristianísima», que va a la muerte «como católica y despojada de todos sus bienes». Antes ya ha enviado cartas a Felipe II, al Papa. Sólo le quedaría escribir a una soberana de este mundo, a Isabel. Pero María Estuardo ya no le dirige una sola palabra. Ya no quiere pedir nada más ni agradecer nada; sólo puede avergonzar a su vieja adversaria con un orgulloso silencio y una muerte grandiosa.


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