Maria Estuardo
Maria Estuardo MarÃa Estuardo se ha vestido para muchas fiestas, para coronaciones y bautizos, para bodas y juegos caballerescos, para viajes, guerras y cacerÃas, recepciones, bailes y torneos, siempre envuelta en fastos y consciente del poder que lo bello difunde sobre la tierra. Pero nunca se ha preparado de manera tan minuciosa como para la hora más grande de su destino, para su muerte. Tiene que haber pensado con dÃas y semanas de antelación en el ritual más digno para la muerte y haber elegido cada detalle con intención. Tiene que haber revisado su guardarropa pieza a pieza en busca de la etiqueta más digna para esta ocasión irrepetible: es como si también como mujer quisiera, en un último arrebato de vanidad, dar para todos los tiempos el modelo de la forma en que una reina tiene que avanzar hacia el patÃbulo. Sus sirvientas la visten durante dos horas, de seis a ocho de la mañana. No quiere subir al cadalso como una pobre pecadora, temblando dentro de un mal vestido; para su último recorrido elige un vestido solemne, un vestido de fiesta, el más serio y el mejor, en terciopelo marrón oscuro con ribetes de marta cibelina, subido el cuello blanco y ondeantes las anchas mangas. Un abrigo de seda envuelve este digno esplendor, y su pesada cola es tan larga que Melville, el chambelán, tiene que sostenerla con reverencia. Un velo de viuda ondea blanco desde la raya del pelo hasta el suelo, escogidos escapularios y rosarios con joyas engastadas sustituyen toda joya terrena, zapatos de cuero blanco deben hacer sus pasos silenciosos en medio del esperable silencio en el que caminará hacia el patÃbulo. La reina ha escogido con sus propias manos el pañuelo con el que habrá que vendarle los ojos, un tejido tenue cual tela de araña, de la más fina batista, con flecos dorados, bordado probablemente por ella misma. Cada hebilla de su vestido ha sido escogida de manera ingeniosa, cada pequeñez ajustada de forma casi musical a la ocasión, y se ha pensado incluso en que ese oscuro esplendor tendrá que caer de sus hombros ante el tajo, en presencia de hombres desconocidos. Para ese último y sangriento minuto MarÃa Estuardo se ha hecho preparar ropa interior roja como la sangre y guantes largos rojos como el fuego, para que cuando el hacha caiga sobre su nuca la sangre que salte no reluzca demasiado sobre la ropa. Jamás una mujer condenada se ha preparado para la muerte de forma más artÃstica y soberana.