Maria Estuardo
Maria Estuardo A las ocho de la mañana llaman a la puerta. MarÃa Estuardo no responde, sigue arrodillada en su reclinatorio y lee en voz alta el oficio de difuntos. Sólo cuando termina sus oraciones se incorpora, y a la segunda llamada la puerta se abre. Entra el alguacil, con su blanca vara en la mano —pronto estará rota—, y dice respetuoso, con una profunda inclinación: «Madame, los lores os esperan y me han enviado a buscaros». «Vamos», responde MarÃa Estuardo. Se prepara.
Comienza el último trayecto. Apoyada a derecha e izquierda en uno de sus criados, camina lentamente con sus miembros paralizados por el reuma. Se ha guarnecido por partida triple con las armas de la fe para que ningún asalto del miedo pueda estremecerla: lleva al cuello un crucifijo de oro, del cinturón le cuelga un rosario con joyas engastadas y en la mano lleva la devota espada de una cruz de marfil: el mundo ha de ver cómo muere una reina en la fe católica y por la fe católica. Han de quedar olvidadas las culpas y necedades de su juventud, y que se la conduce ante el verdugo como cómplice de un premeditado crimen: quiere poner en evidencia para toda la eternidad que cae como mártir de la causa católica, vÃctima de sus herejes enemigos.