Maria Estuardo
Maria Estuardo Sólo hasta la puerta, eso es lo previsto y lo acordado, la acompañan y sostienen sus propios criados. Porque no debe dar la impresión de que participan en la odiosa acción y conducen a su propia soberana al patíbulo. Sólo en su propio espacio quieren ayudarla y servirla, pero no ser cómplices de su espantosa muerte. Desde la puerta hasta el pie de la escalera tienen que ser dos subordinados de Amyas Poulet los que la sostengan: exclusivamente enemigos, adversarios, han de ser los que tomen parte en el crimen de llevar al cadalso a una reina ungida. Abajo, junto al último peldaño de la escalera, ante la entrada al gran salón donde tendrá lugar la ejecución, se arrodilla Andrew Melville, su chambelán; a él, como noble escocés, le incumbe la tarea de informar a su hijo de que la ejecución se ha llevado a cabo. La reina le hace levantarse y lo abraza. Ese fiel testigo le es bienvenido, porque su presencia no hace sino reforzarla en la firme actitud que se ha jurado. Y cuando Melville dice: «Será la peor tarea de mi vida comunicar que mi venerada reina y señora ha muerto», ella le responde: «Más bien has de alegrarte de que haya llegado al fin de mis trabajos. Lleva únicamente la noticia de que he muerto fiel a mi religión, como una verdadera católica, una verdadera escocesa, una verdadera princesa. Que Dios perdone a aquellos que han exigido mi fin. Y di a mi hijo que nunca hice nada que pudiera causarle daño, y jamás entregué nuestro derecho de soberanía».