Momentos Estelares De La Humanidad

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Entre tanto, en la pequeña guarnición de Hüningen, un capitán por completo anónimo, Rouget, proyecta con aplicación baluartes y trincheras. Tal vez ha olvidado ya el Canto de guerra del ejército del Rin que él mismo compusiera aquella remota noche del 26 de abril de 1792. Ahora, cuando se encuentra en las gacetas con ese otro himno, con esa otra canción de guerra que ha tomado París al asalto, no se atreve siquiera a sospechar que, palabra por palabra, movimiento tras movimiento, ese canto triunfal de los marselleses no es más que el milagro que aquella noche se produjo en él y por él. Pues, cruel ironía del destino, esa melodía, que resuena en todos los cielos, que brama contra las estrellas, al único hombre que no transporta hacia lo alto es precisamente a aquél que la compuso. En toda Francia nadie se preocupa del capitán Rouget de Lisie. La inmensa gloria, la mayor que jamás haya conocido una canción, es sólo para ella, para la canción, y ni una sombra de la misma recae sobre Rouget, su creador. Su nombre no figura en el texto, y él mismo habría pasado por completo desapercibido a los amos del momento, si no hubiera llamado enojosamente la atención. Y es que —paradoja genial, como sólo las forja la Historia— el creador del himno de la Revolución no es ningún revolucionario. Al contrario, aquél que con su canto inmortal ha alentado la Revolución como nadie, querría contenerla con todas sus fuerzas. Cuando los marselleses y el populacho de París, con su canción en los labios, asaltan las Tullerías y deponen al rey, Rouget de Lisie está ya harto de la Revolución. Se niega a prestar juramento a la República y prefiere abandonar el servicio antes que servir a los jacobinos. Para este hombre íntegro, la expresión «liberté chérie», la amada libertad de su himno, no es una frase vacía. No abomina menos de los nuevos tiranos y déspotas de la Convención de lo que odiaba a los coronados y ungidos de allende las fronteras. Airea abiertamente su disgusto frente al Comité de Salvación Pública cuando son arrastrados a la guillotina su amigo el burgomaestre Dietrich, padrino de La marsellesa, el general Luckner, a quien estaba dedicada, y todos los oficiales y nobles que aquella noche fueron sus primeros oyentes. Y pronto se produce el hecho grotesco de que el poeta de la Revolución es encarcelado por contrarrevolucionario, de que se le procese, precisamente a él, acusado de traición a la patria. Sólo el 9 de termidor, que con la caída de Robespierre abre las cárceles, ahorra a la Revolución francesa la vergüenza de haber puesto al creador de su canto inmortal en manos de la «navaja nacional».


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