Novela de ajedrez
Novela de ajedrez Ahora bien, yo no he sido nunca un gran artista del ajedrez, y ello por la simple razón de que nunca he pretendido otra cosa que distraerme jugando. Cuando me siento un rato ante el tablero no lo hago para devanarme los sesos, sino todo lo contrario, para descansar del esfuerzo intelectual. Juego al ajedrez en el sentido literal de la palabra, mientras que los demás, los auténticos jugadores, seriean al ajedrez, por introducir un neologismo audaz en nuestra lengua. Pero tanto para el ajedrez como para el amor es imprescindible una pareja, y en aquel momento no sabía yo todavía si aparte de nosotros dos habría a bordo algún otro amante del ajedrez. Para conseguir sacarlos de sus madrigueras preparé una trampa sencilla en el salón de fumadores: me senté a modo de reclamo con mi esposa —que juega todavía peor que yo— frente a un tablero. Y en efecto, no habíamos realizado todavía ni seis jugadas cuando ya se había detenido alguien frente a nosotros. Al poco rato otro nos pidió permiso para mirar, y por último apareció un tercero que, cumpliendo con mis deseos, me retó a una partida. Se llamaba McConnor y era un ingeniero de minas escocés que al parecer había amasado una gran fortuna con los pozos de petróleo en California. Físicamente era un hombre fornido, de recias y vigorosas mandíbulas, casi cuadradas, dientes fuertes y tez sanguínea, cuyo subido tono rojizo era probablemente debido, al menos en parte, a una copiosa fruición del whisky. La sorprendente anchura de sus espaldas, de un atletismo casi impetuoso, reflejaba una vehemencia de carácter que por desgracia se manifestaba también en el juego, ya que el tal Mr. McConnor pertenecía a esa casta de triunfadores seguros de sí mismos que consideran una derrota en el más intrascendente de los juegos como una afrenta a su amor propio. Acostumbrado a abrirse paso en la vida sin contemplaciones y halagado por el éxito de sus empresas, este self-made-man macizo estaba tan firmemente persuadido de su superioridad que cualquier resistencia le irritaba como si fuera una insubordinación improcedente y hasta casi un insulto. Cuando perdió la primera partida se puso de mal humor, y nos comunicó en tono dictatorial y con prolijos argumentos que aquello sólo podía ser consecuencia de un descuido momentáneo. Cuando perdió la tercera, la culpa la tuvo el ruido en la sala de al lado. Nunca consintió perder una partida sin exigir inmediatamente la revancha. Esta obstinación arrogante me divirtió al principio; después me acostumbré a considerarla como un mal menor inevitable para el desarrollo de mis planes, si en verdad quería atraer a nuestra mesa al campeón del mundo.