Novela de ajedrez
Novela de ajedrez Al tercer día lo conseguí, o por lo menos lo conseguí a medias. Ya sea que Czentovic nos había visto jugar desde la cubierta a través del ojo de buey, ya sea que por azar había querido honrar con su presencia el salón de fumadores, lo cierto es que, apenas advirtió que nosotros, unos intrusos, osábamos ejercitar su arte, se acercó instintivamente un paso más, y desde esa bien calculada distancia lanzó una mirada escrutadora sobre nuestro tablero. Le tocaba mover a McConnor. Ese solo movimiento pareció suficiente para convencer a Czentovic de que no era propio de su condición de campeón seguir ocupándose en nuestros empeños de diletantes. Con el mismo gesto espontáneo con que uno de nosotros rehusaría una novelucha policíaca sin ni siquiera hojearla si nos la ofrecieran en una librería, él se alejó de nuestra mesa y abandonó el salón de fumadores. «No hemos dado la talla», pensé para mis adentros, un tanto disgustado por aquella mirada fría y despectiva, y para disipar de algún modo mi mal humor, le dije a McConnor:
—No parece que su jugada haya entusiasmado al maestro.
—¿A qué maestro?