Novela de ajedrez
Novela de ajedrez Le expliqué que aquel señor que acababa de pasar a nuestro lado y que había lanzado sobre nuestro tablero una mirada de desaprobación era Czentovic, el campeón del mundo de ajedrez. Aunque, añadí, no teníamos por qué sentirnos ofendidos por su ilustre desprecio, ya que, al fin y al cabo, «los pobres han de cocinar con agua». Me sorprendió el inesperado efecto que tuvieron sobre McConnor estas palabras, que yo había pronunciado medio en broma. Presa de una súbita excitación, se olvidó de nuestra partida, y su amor propio se hizo palpable en el latido de sus sienes. Me dijo que no tenía la menor idea de que Czentovic se hallara a bordo y que era absolutamente necesario que Czentovic jugara con él; que no había jugado nunca con un campeón del mundo, excepto una vez, en una partida simultánea con cuarenta jugadores más, y que había sido terriblemente excitante y que poco faltó para que ganara. Me preguntó si conocía personalmente al campeón. Yo le dije que no. Me propuso entonces que lo abordase y le invitase a nuestra mesa. Me negué con el argumento de que Czentovic, por lo que yo sabía, no se mostraba demasiado dispuesto a conocer gente nueva. Y además, ¿qué aliciente podía tener para un campeón del mundo ocuparse de unos jugadores de tercera como nosotros?