Hombrecitos

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Nan tenía una guirnalda de flores de trapo; zapatillas de tafilete amarillo; falda de muselina verde; blusa de gasa azul; abanico de plumas extraídas del plumero, y un frasquito de esencia…, sin esencia.

—Yo, por ser la hija, debo estar lujosa y elegantísima; y debo cantar, bailar y hablar más que tú. Las mamás hacen dignamente los honores de la casa y sirven el té.

De repente se oyó llamar a la puerta y la señorita de la casa corrió a instalarse en una silla, abanicándose violentamente; la mamá ocupó el centro del diván y procuró mantenerse seria. La pequeña Bess, en función de doncella, abrió la puerta, saludó y dijo sonriente:

—Pasen adelante, señores.

Los señores llevaban sombreros negros muy altos; cuellos altísimos de papel y guantes de todos los colores; la invitación fue tan repentina que nadie tenía un par completo.

—Buenas tardes, señoras —murmuró solemne Medio-Brooke.

Los demás se limitaron a dar la mano, y los tres caballeros, al sentarse, no pudieron contener la carcajada.

—¿Qué es esto? —preguntó la señora de la casa.


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