Hombrecitos
Hombrecitos Mamá Bhaer lo acostó temprano; Teddy, descalzo y en camisa, entró a dar las buenas noches a su amigo predilecto.
—Mamá, ¿quieres que rece aquà para que vea mi «Danny» que «sabo» rezar…?
—SÃ, hijo de mi alma.
El bebé se arrodilló junto a la cama de Dan, cruzó las regordetas manecitas, y balbuceó tiernamente:
—Jesusito de mi vida…, bendÃcenos a todos… y ayúdame a ser «beno» —luego, sonriendo, y dando cabezadas, se alejó en brazos de su madre.
Poco después cesó la charla de los muchachos, y todos entonaron la canción de la noche. El silencio fue reinando en la casa. Dan permaneció largo rato despierto pensando; dos ángeles buenos, el cariño y la gratitud, habÃan entrado en su corazón y comenzaban la obra que el tiempo y el esfuerzo habÃan de concluir.
Muy deseoso de cumplir la primera promesa empeñada, Dan cruzó las manos en la oscuridad, y fervorosamente repitió la infantil y dulcÃsima plegaria de Teddy.
—¡Jesusito de mi vida, bendÃcenos a todos y ayúdame a ser bueno!