Hombrecitos

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—Estamos en una carrera, y yo corro más —gritó Nan.

—Yo corro más, pero no me atrevo, temiendo derribar a Bess —observó Daisy.

—¡Arre…! —voceó la Princesita.

—¡Vámonos, hijita! Huyamos antes de que estos diablillos te echen a perder. Adiós, Jo. Cuando vuelva por aquí espero encontrar a los muchachos haciendo calceta.

—Bueno, bueno. No me desanimo, aunque algún experimento fracase. Cariñosos recuerdos a Amy y un abrazo a Meg —dijo mamá Bhaer, antes que partiera el carruaje. Desde lejos, el señor Laurie la vio consolando a Daisy que quería haberse paseado en la carretilla.

Durante toda la semana los niños estuvieron tan excitados como entretenidos con las obras de reparación, que avanzaban rápidamente. Gibbs, a pesar del acoso de preguntas, consejos y observaciones que sufrió, pudo terminar su tarea. En la noche del viernes, el local destinado a museo tenía revocado muro y techo, dispuestas las alacenas y encalado y pintado todo; una gran ventana, frontera a la puerta, dejaba entrar torrentes de luz y permitía ver el espectáculo que ofrecían el arroyo, los prados y las verdeantes colinas. Sobre la puerta principal, con grandes letras encarnadas, se leía:

MUSEO LAURIE


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