Mujercitas
Mujercitas —Temo que Laurie no sea lo bastante mayor para Meg y es aún demasiado alocado para cuidar de nadie. No hagas planes, Jo. Deja que el tiempo y los sentimientos se encarguen de emparejar a tus amigos. No es bueno inmiscuirse en esos asuntos. Será mejor que olvides esa «basura romántica», como tú la llamas, y no estropees una buena amistad.
—Está bien, asà lo haré, pero me molesta que las cosas salgan del revés cuando con un tironcito aquà y otro allá podrÃa enderezarse todo… Me gustarÃa que nos pusieran un peso en la cabeza para impedir que siguiésemos creciendo. Pero los capullos dan paso a las rosas y los gatitos se convierten en gatos… ¡Es una pena!
—¿Qué dices de pesos y gatos? —preguntó Meg al entrar en la habitación con la carta recién terminada en la mano.
—Es solo una de mis absurdas ideas. Me voy a la cama. Vamos, Peggy —dijo Jo poniéndose en pie con un efecto similar al de un desplegable que surge al abrir un libro.
—Estupendo, está muy bien escrita. Por favor, añade saludos para John de mi parte —dijo la señora March tras echar un vistazo a la carta y devolvérsela a su hija.
—¿Le llamas John? —inquirió Meg con una sonrisa y una expresión inocente en la mirada.