El dÃa que dejó de nevar en Alaska
El dÃa que dejó de nevar en Alaska Con Seth la relación es distinta. El joven cocinero, con su eterna gorra roja y su actitud relajada, se convierte en su primer y único aliado. Con él, las risas fluyen fáciles y el dolor retrocede, aunque sea por un rato. También Caos , el perro-lobo que la persigue por el pueblo como una sombra blanca, parece haberla adoptado.
Los dÃas se suceden entre cenas servidas, frÃos que no perdonan y madrugadas en las que Heather lucha contra la necesidad de desaparecer. Por las noches, frente a la chimenea, la invade una soledad que no puede llenar ni con recuerdos ni con sueños rotos.
En uno de esos dÃas, John Bale, el hombre rudo del bosque, empieza a enseñarle pequeñas cosas: encender el fuego, reconocer el canto del viento, distinguir las pisadas en la nieve. Y en su rudeza torpe, Heather encuentra un tipo de ternura que no sabÃa que necesitaba.
—Este sitio no es para cobardes —gruñe John, tendiéndole una taza de café humeante. —Entonces es perfecto para mà —responde ella, forzando una sonrisa.
Pero el hielo no solo está en el paisaje. Nilak es una fortaleza inexpugnable, pero también una herida abierta. Heather no puede evitar sentir una atracción peligrosa hacia él, como quien se acerca a un precipicio sabiendo que va a caer.
