El Zarco
El Zarco El examen de la huerta y de la calle hecho por los tÃos de Pilar y por Pilar misma, no hicieron más que confirmar las sospechas de doña Antonia. Manuela se habÃa escapado en los brazos de un amante.
Los tÃos de Pilar encontraron al pie de la cerca, y medio oculta entre la maleza y el lodo, la linterna sorda que habÃa servido a la joven para alumbrarse y que arrojó allà al huir.
Quedaba ahora por averiguar quién o quiénes habÃan sido los raptores de la joven, y sobre este particular nadie se atrevÃa a aventurar una sola palabra, porque nadie tenÃa tampoco en qué fundar la menor conjetura.
La pobre madre, en el paroxismo de su dolor, se habÃa atrevido a mencionar el nombre del honrado herrero de Atlihuayan; pero en el instante, tanto ella como Pilar y sus tÃos, habÃan exclamado con admiración y sorpresa:
—¡Imposible!
—En efecto, ¡imposible! —decÃa doña Antonia—; ¿qué necesidad tenÃa Nicolás de arrebatar a la muchacha cuando yo se la habrÃa dado con todo mi corazón?… ¡Soy una tonta y sólo mi aflicción puede disculpar esta palabra imprudente! ¡Que Dios me la perdone! Nicolás no me la perdonarÃa.
