La busqueda del santo Grial
La busqueda del santo Grial —Decidme ahora —le pregunta Galván— si os encontrasteis desde entonces a alguno de nuestros compañeros.
—Sà —responde Héctor—, desde hace quince dÃas he encontrado más de veinte. Iban todos solos y no hubo ninguno que se me quejara de no haber encontrado aventuras.
—Por mi fe —exclamó Galván—, eso es maravilloso, y ¿habéis oÃdo hablar de Lanzarote?
—Ciertamente —le responde—, no; no encontré a nadie que me diera nuevas suyas, como si se hubiera hundido en un abismo, y por eso estoy muy a disgusto por él y temo que esté en alguna prisión.
—Y ¿habéis oÃdo hablar de Galaz, de Perceval y de Boores?
—En verdad, no. Esos cuatro están tan perdidos que no se sabe ni la dirección, ni el camino que tomaron.
—Que Dios los guÃe en el lugar en que estén, pues ciertamente, si las aventuras del Santo Grial nos faltan, los otros no las tendrán tampoco y pienso que regresarán, pues son los mejores hombres de la Búsqueda.
Después de haber hablado un buen rato juntos, dijo Héctor: