Las mil y una noches
Las mil y una noches Pasados los primeros transportes de su amor desbordante, sentáronse uno al lado del otro en un diván, y la Princesa le contó a su esposo todo lo que había ocurrido desde el día en que se separaron. El Príncipe, a su vez, le hizo una relación minuciosa de sus aventuras, y como era ya muy tarde cuando terminó, se retiraron a dormir.
A la mañana siguiente, la Princesa mandó rogar al Rey, su suegro, que se dignase pasar a sus habitaciones.
Apresuróse Armanos, que tal era el nombre del monarca, a complacer a su yerno y se quedó sorprendido al ver una mujer en compañía de un extranjero.
—Señor —le dijo la Princesa—, ayer era yo el rey, pero ahora soy la princesa de la China, mujer del verdadero príncipe Camaralzamán, aquí presente: Si Vuestra Majestad se digna tener paciencia para oír mi historia, espero que no me condenaréis por haberos engañado.
El rey escuchó, yendo de sorpresa en sorpresa, el relato de la Princesa.
—Señor —dijo ésta al terminar—, aunque satisface muy poco a las mujeres la libertad que nuestra religión concede a los maridos para tener varias esposas, si Vuestra Majestad consiente en dar a su hija por esposa al príncipe Camaralzamán, yo cedo a Hayatalnefous todas las preeminencias que me corresponden.