Las mil y una noches

Las mil y una noches

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La madre de Aladino, que conocía la inutilidad de su hijo y su oposición a ejercer el oficio de su padre, cerró la tienda y realizó los géneros y utensilios, con cuyo importe y el de su trabajo en hilar algodón esperaba pasar una vida modesta pero tranquila. Con la muerte de Mustafá desapareció la barrera que se oponía de vez en cuando a que Aladino siguiese el torrente de sus depravadas aficiones, y a los quince años era el muchacho más travieso y más pervertido del pueblo. Un día estaba jugando en la plaza con otros chicos, según su costumbre, cuando un extranjero, mágico africano, que pasaba por allí, se detuvo para contemplarle.

Ya fuera que notase en el semblante de Aladino los signos característicos del hombre que necesitase para sus planes, o ya que supiese cuáles eran las disposiciones del muchacho, es lo cierto que el africano llamó a Aladino aparte y le preguntó si era hijo del sastre Mustafá.

—Sí, señor —respondió el joven—; pero mi padre hace mucho tiempo que murió.





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