Los Lanzallamas

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—Querido adolescente, ¿se cree usted acaso más sensato que San Francisco de Asís? ¿Disfruta usted de la posición económica de que él gozaba en la ciudad florentina? Hijo de un opulento mercader de paños, Francisco, amigo Barsut, constituía la envidia hasta de los jóvenes nobles de la ciudad, por su elegancia y boato. Y, sin embargo, un día se vistió de arpillera y salió a la calle a predicar pobreza. No tenía mucha más edad que usted, entonces.

Y como ellos le miraran asombrados, el Astrólogo levantó las cejas, observándoles burlón. Al mismo tiempo, con las manos en las caderas, se contoneaba, como si fuera él quien no terminara de entender algo que le arrancaba risitas compasivas hacia sus interlocutores, y tomándole a Barsut de la barbilla, dijo mirándolo profundamente en el fondo de los ojos:

—Queridito, para triunfar en la vida es necesario a veces resignarse a vestir el traje de arpillera.

“¿No he renunciado a mis bienes, acaso?”, pensó Barsut.

Hipólita, inmóviles los ojos verdes, apoyadas las manos en una rodilla de sus piernas cruzadas, observaba la escena, perfectamente dueña de sí misma. Una idea cruzaba por ella, persistente: “Este hombre conversa y conversa. ¿Qué es lo que se propone? ¿No pretenderá ganar tiempo? Pero ¿para qué quiere ganar tiempo?”

Bruscamente, se vuelve a ella el Astrólogo.


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