Amor y amistad
Amor y amistad La tarde pasó tan agradablemente como la anterior; ambos continuaron charlando la mayor parte del tiempo, y tal era el poder de sus palabras, y el brillo de sus ojos que, cuando se separaron por la noche, y aunque solo unas horas antes Catharine habÃa renunciado completamente a esta idea, se sintió casi convencida de que Edward estaba realmente enamorado de ella. Reflexionó sobre la pasada conversación y, aunque esta habÃa versado sobre temas diversos e indiferentes y no podÃa recordar exactamente nada de su discurso que pudiera ser expresión de esa atención especial, continuaba convencida de que eso era lo que sentÃa. Sin embargo, temerosa de ser demasiado vana al suponer una cosa asà sin demasiado fundamento, decidió suspender su decisión definitiva hasta el siguiente dÃa, más exactamente hasta el momento de su partida, en el que creÃa que quedarÃa clara su atracción, si es que sentÃa alguna. Cuanto más lo trataba más se inclinaba a creer que le gustaba y más deseaba que él sintiera lo mismo por ella. Estaba convencida de que poseÃa una gran inteligencia natural y una personalidad extraordinaria, y también de que la irreflexión y la negligencia de su carácter —que, aunque para ella eran muy atractivos en él, sabÃa que otras personas considerarÃan defectos— eran simplemente el resultado de una vivacidad siempre agradable en los jóvenes, y estaban lejos de ser el reflejo de una inteligencia débil o superficial. Después de reafirmar este pensamiento en su interior, y sintiéndose plenamente convencida de los argumentos de su verdad, se fue a la cama de muy buen humor, decidida a estudiar el carácter de Edward y a analizar aún más su comportamiento al dÃa siguiente.