Amor y amistad
Amor y amistad Kitty permaneció en este estado de satisfacción durante el resto de la visita de los Stanley, quienes se despidieron insistiendo mucho en que debía aceptar su invitación de ir a Londres, donde, Camilla dijo, podría tener la oportunidad de conocer a la dulce Augusta Halifax. «O, mejor —pensó Kitty—, de ver a mi querida Mary Wynne otra vez». Como respuesta a la invitación de la señora Stanley, la señora Percival dijo que veía Londres como la principal casa del vicio, un lugar donde hacía mucho tiempo que la virtud había desaparecido por completo de la sociedad y donde todo tipo de perversión se abría paso día a día; que Kitty ya tenía bastante inclinación a ceder a este influjo y a abandonarse al vicio, y que por lo tanto sería la última niña del mundo en la que se podría confiar para llevarla a Londres, incapaz como sería de superar la tentación.
Tras la marcha de los Stanley, Kitty volvió a sus habituales ocupaciones, pero ¡ay!, estas habían perdido su poder de agradarla. Solo su cenador mantenía vivos sus sentimientos; quizá porque le traía a la memoria el recuerdo de Edward Stanley.
El verano transcurrió sin ningún incidente digno de mención o placentero para Catharine, salvo uno, y este que fue el que le proporcionó una carta de su amiga Cecilia, ahora señora Lascelles, anunciando el pronto regreso a Inglaterra de su marido y de ella misma.