Mansfield Park
Mansfield Park —¡Por Júpiter! Eso no vale —exclamó Tom, dejándose caer en una butaca con una sonora carcajada—. Verdaderamente, madre, es que su inquietud… No he tenido suerte en eso.
—¿Qué ocurre? —preguntó su señorÃa en el tono pastoso de quien se despierta a medias—. No estaba dormida.
—Por supuesto que no, señora; nadie lo ha pensado. Bueno, Edmund —prosiguió, volviendo al tema, postura y tono anteriores en cuanto lady Bertram empezó a cabecear otra vez—, de todos modos, sigo manteniendo lo dicho: no vamos a hacer nada malo.
—No coincido contigo; estoy seguro de que nuestro padre lo desaprobarÃa totalmente.
—Y yo estoy convencido de lo contrario. A nadie le gusta más el ejercicio del talento en los jóvenes, ni lo fomenta más, que nuestro padre; y creo que siempre ha tenido un marcado gusto por todo lo que significa interpretar, declamar o recitar. Desde luego, a nosotros nos animaba a ello cuando éramos chicos. ¿Cuántas veces hemos llorado sobre el cadáver de julio César, o hemos repetido el ser o no ser en esta misma habita ción, para entretenerle? Y por supuesto, yo me he llamado Norval[5] todas las Navidades de mi vida.