Mansfield Park
Mansfield Park La alegría de la señora Norris no era en absoluto comparable a la de su hermana. No es que la inquietaran los muchos temores de que sir Thomas desaprobase el actual estado de su casa en cuanto lo conociese, porque estaba tan ciega que, salvo la cautela instintiva con que había hecho desaparecer la capa de raso rosa del señor Rushworth al entrar su cuñado, casi puede decirse que no mostró ningún signo de alarma; pero estaba molesta por su modo de regresar. No le había permitido hacer nada. En vez de haberla llamado fuera de la habitación, y haberle visto ella primero, y haber pregonado la feliz noticia por toda la casa, sir Thomas, fiando muy razonablemente quizá en los nervios de su esposa y de sus hijos, no había recurrido a otra colaboración que la del mayordomo, al que había seguido casi inmediatamente al salón. La señora Norris se sentía frustrada en una función en la que siempre había confiado, ya fuera para anunciar su llegada o su muerte; y ahora intentaba mostrarse atribulada cuando no había nada por qué atribularse, y se esforzaba en ser imprescindible donde no hacía falta sino tranquilidad y silencio. De haber accedido sir Thomas a comer algo, habría ido ella al ama de llaves con instrucciones engorrosas y habría ofendido a los criados con órdenes apremiantes; pero sir Thomas se había negado a cenar: no tomaría nada, nada en absoluto, hasta que sirvieran el té; prefería esperar al té. A pesar de todo, la señora Norris le sugería de vez en cuando algo diferente; y en el momento más emocionante de su viaje a Inglaterra, en que cundió la alarma ante la aparición de un corsario francés, le interrumpió el relato ofreciéndole sopa.