Mansfield Park
Mansfield Park —No le defiendo. Se lo dejo enteramente a su merced; y una vez que la haya instalado en Everingham, no me importará que le sermonee. Pero quiero decirle una cosa: que su defecto, el gustarle coquetear un poco con las jóvenes, no es ni la mitad de peligroso para la felicidad de una esposa, que la propensión a enamorarse, cosa a la que nunca ha tenido afición. Y creo sinceramente que está enamorado de usted como nunca lo ha estado de ninguna mujer; que la ama de todo corazón, y que la amará todo lo eternamente posible. Si algún hombre ha amado eternamente a una mujer, creo que Henry la amará de ese mismo modo a usted.
Fanny no pudo evitar una débil sonrisa, pero no dijo nada.
—No recuerdo que Henry haya sido más feliz —prosiguió Mary a continuación— que cuando consiguió el ascenso de su hermano.
Aquí tuvo la seguridad de tocar una fibra sensible de Fanny.
—¡Ah, sí! ¡Fue muy, muy amable de su parte!
—Sé que ha debido de costarle mucho, porque sé los hilos que ha tenido que mover. El almirante odia las molestias y detesta pedir favores; y hay tantos jóvenes que piden que se les atienda del mismo modo, que elude fácilmente una amistad y una energía poco decididas. ¡Qué feliz debe de sentirse William! Ojalá pudiéramos verle.