Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad En esos días Elinor tuvo noticias de Edward, o al menos de algunos sucesos relacionados con sus intereses, a través del coronel Brandon, que hacía poco había estado en Dorsetshire y que, dirigiéndose a ella al mismo tiempo como amiga desinteresada del señor Ferrars y gentil confidente suya, le conversaba largamente sobre la rectoría de Delaford, describía sus deficiencias y le contaba qué pensaba hacer para solucionarlas. Su comportamiento hacia ella en esto, al igual que en todo lo demás; su sincero placer en verla tras una ausencia de tan sólo diez días; su disposición a conversar con ella y su respeto por sus opiniones, bien podían justificar que la señora Jennings estuviera convencida de que la quería, y quizá hasta habría bastado para que Elinor también lo sospechara si no creyera, como desde el comienzo, que Marianne seguía siendo su verdadera predilecta. Pero tal como eran las cosas, esa idea no se le habría pasado por la mente de no ser por las insinuaciones de la señora Jennings; y entre las dos, Elinor no podía evitar creerse mejor observadora: ella observaba los ojos del coronel, en tanto la señora Jennings sólo pensaba en su comportamiento; y mientras sus miradas de ansiosa inquietud cuando Marianne comenzó a sentir los primeros síntomas de un fuerte resfrío manifestados en dolores de cabeza y de garganta, al no estar expresadas en palabras escapaban completamente a la observación de la señora Jennings, ella podía descubrir en sus ojos los vivos sentimientos y la innecesaria alarma de un enamorado.