El rancho del crimen
El rancho del crimen —No lo harÃa, sheriff. Este criminal es muy peligroso. Es maestro en fugas y en último caso muy capaz de suicidarse si ve que no puede escapar. No debemos permitir que eso suceda y usted es el único hombre en quien tengo confianza.
Pete sabÃa que la amenaza de suicidio no estaba vacÃa de sentido por parte del prisionero. Ahora comprendió lo que significaba el tubo de vidrio escondido en el libro de Weldron. ContenÃa un veneno activÃsimo con el que aquel hombre habÃa pensado matarse si llegaba para él alguna ocasión desesperada. Pete sólo habÃa aspirado un momento los vapores de aquel lÃquido y sabÃa por experiencia cuál era su fuerza destructora.
—Perfectamente, jefe —decidió—. Partiré con él mañana por la mañana. Creo que puedo abandonar mis asuntos aquà por un breve plazo.
Cuando iba sentado y esposado en el departamento del tren que les llevaba a Phoenix, el prisionero miraba fijamente a Pete Rice y charlaba con voz enronquecida. Algo parecÃa divertirle o por lo menos lo aparentaba.
Pete apenas si prestaba atención a sus chocarrerÃas y a sus risas estempóreas, y finalmente, Henderson, alias Weldron, se explicó espontáneamente:
—¿Sabe usted de que me estoy riendo, Rice?
—Ni lo sé... ni me importa. Puede usted seguir riéndose con cualquier lado de su boca, me es igual.
Weldron soltó una carcajada.