El rancho del crimen
El rancho del crimen Pete alzó el revólver instintivamente, pero no llegó a disparar. El jinete no parecía llevar uniforme y tal vez no perteneciese a la patrulla de la Frontera. Sin embargo, podía ser uno de los cowboys que habitan en las cabañas situadas hacia el Oeste y que aspiraban al premio concedido por la captura de los tres comisarios.
—¡Por las barbas de un chivo! Si es no de los hombres de la Patrulla de la Frontera... —empezó a decir Hicks “Miserias”.
—Si lo es —le interrumpió Pete—, seguramente va a decirle al capitán que es verdad lo que le ha dicho Slapjack.
Permaneció un momento pensativo.
—Pero, por el contrario, si se tratase de uno de los espías de Luke McCarron, creo que dentro de poco tendremos a todos esos granujas en estos parajes antes de amanecer. De todos modos vamos en marcha para hacer un trabajillo. Vamos allá.
Fue unas dos horas después cuando oyeron el ruido de caballos que se aproximaban. Los tres comisarios se habían escondido al abrigo de los grandes árboles de la sección forestal del viejo camino de Papago.