El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —Más vale que le siga usted el rastro, Snag. No hay en todo el distrito de Rico quien pueda hacerlo mejor que usted. Averigüe dónde fue y por qué; y a quién ha visto y qué ha hecho. No es prudente descuidar ninguno de los eslabones de esta cadena.
—Marcho ahora mismo —dijo Parrish.
Hablaba poco, por regla general. Esto, y lo vengativo que era, constituían sus únicas características indias. Pete entró en el despacho con sus comisarios y vio que habían llegado tres cartas oficiales. Eran comunicaciones federales referentes a tres criminales conocidos que se hallaban sueltos. Una de ellas hablaba de Pancho Ruiz, revolucionario y bandido mejicano que se creía había logrado cruzar la frontera sin ser visto por los guarda fronteras.
La segunda contenía un retrato de Jacobo King, mejor conocido entre la gente del hampa por el nombre de Rey Jacobo, gangster, reclamado en el Este por asesinato, robo y por ser una amenaza pública, se había escapado de Chicago con rumbo al Canadá. Era hombre moreno, de nariz abultada, sonrisa burlona y dentadura estropeada. Tenía treinta y tantos años.
La tercera daba una descripción detallada, así como el retrato de Enrique Lee jefe de cuatreros, que se había fugado de una cárcel del Sudoeste y a quien se creí escondido en Nuevo Méjico, Arizona.
Pete echó una ojeada a las circulares.