Jane Eyre
Jane Eyre El único acontecimiento de aquella tarde que merece la pena señalar fue que la chica con la que había estado hablando en el porche cayó en desgracia durante la clase de historia de la señorita Scatcherd, que la castigó a permanecer de pie en el centro de la enorme sala. Yo pensé que era un castigo particularmente vergonzoso, en especial para una chica tan mayor —aparentaba tener al menos trece años—, y esperaba que mostrara ostensibles señales de sentirse desgraciada, pero para mi sorpresa ella no enrojeció ni vertió una sola lágrima. Se quedó ahí, seria y sin perder la compostura, con todas las miradas clavadas en ella. «¿Cómo puede resistirlo con tanta calma, con tanta firmeza? —me pregunté—. Si yo estuviera en su lugar, desearía que la tierra me tragara. Parece estar pensando en algo que no tiene ninguna relación con el castigo, algo que está más allá del momento presente, algo que está muy lejos de aquí. Se diría que está soñando despierta: mantiene los ojos fijos en el suelo, pero estoy segura de que no lo está viendo; parecen mirar hacia dentro, hacia el fondo de su corazón. Está perdida en sus recuerdos, sin darse cuenta de lo que pasa aquí y ahora. Me pregunto si es buena o mala.»