Jane Eyre
Jane Eyre —¡He arañado su orgullo! Bien, si me promete que su obra es totalmente original, traiga su carpeta, pero no me dé su palabra si no está segura. ¡Puedo reconocer las copias!
—Entonces me abstendré de hacer ningún comentario y dejaré que usted juzgue por sà mismo.
Traje la carpeta de la biblioteca.
—Acerque esa mesa —dijo él, y yo la movà hasta el sillón.
Adèle y la señora Fairfax se aproximaron a ver los cuadros.
—¡No se amontonen! —dijo el señor Rochester—. Cojan los dibujos de mis manos cuando yo haya terminado con ellos, pero no se abalancen sobre mÃ.
Estudió cada uno de los esbozos y pinturas con atenta deliberación. Dejó tres a un lado y apartó el resto.
—Llévelos a la otra mesa, señora Fairfax —dijo él—, y mÃrelos con Adèle. Usted —dijo dirigiéndose a m×, vuelva a sentarse y conteste a mis preguntas. Es evidente que esos cuadros fueron realizados por una sola mano. ¿Era la suya?
—SÃ.
—¿Y cuándo encontró tiempo para hacerlos? Deben haberle llevado muchos ratos, y también preparación.