Jane Eyre
Jane Eyre —Ahà tienen a mi esposa —dijo—. Ese es el único abrazo conyugal que he conocido, ¡esas son las tiernas caricias que deben llenar mis ratos de ocio! Y esta es a la que quiero —afirmó, colocando la mano sobre mi hombro—: esta joven que mantiene la serenidad pese a estar contemplando una visión que no es de este mundo, que consigue enfrentarse sin parpadear a algo que es más bien un diablo. La necesitaba, necesitaba un cambio después de esta fiera. ¡Briggs, Wood, observen la diferencia! Comparen estos ojos puros con esas bolas rojas, este rostro con esa máscara, este cuerpo con esa masa informe. Y ahora júzguenme, en nombre de Dios y de la ley, pero cuando lo hagan recuerden que la misma severidad de juicio se les aplicará en su momento. Márchense. Debo guardar mi tesoro bajo llave.
Todos salimos. El señor Rochester se quedó unos momentos dando instrucciones a Grace Poole. El abogado se dirigió hacia mà mientras bajábamos la escalera.
—Señora, su conducta está libre de toda sospecha. Su tÃo estará encantado de saberlo. Eso, si el señor Mason le encuentra con vida cuando regrese a Madeira.
—¡Mi tÃo! ¿Qué sabe de él? ¿Le conoce?