Jane Eyre

Jane Eyre

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Me gustaba leer lo mismo que a ellas; me encantaba lo que las divertía; respetaba lo que ellas consideraban sagrado. Ellas amaban aquella casa apartada del mundo, y yo también empezaba a sentir el poderoso encanto que desprendía aquella vieja casona de piedra gris, con su techo bajo, las ventanas enrejadas y las paredes desconchadas; con aquella avenida de abetos que se inclinaban por el efecto del viento que soplaba desde las montañas, y el jardín, oscurecido por tejos y acebos, en el que solo las especies de flores más resistentes se atrevían a brotar. Se sentían muy unidas al páramo purpúreo que se extendía en torno a la casa y a la hondonada a la que conducía el sendero que partía de su puerta. Un sendero que comenzaba salpicado de helechos pero que luego iba surcando pequeños campos de pasto, de los más agrestes que jamás hayan bordeado un páramo o dado alimento a un rebaño de ovejas grises que pastaban con sus crías con los morros manchados de musgo. Repito, pues, que las ligaba a aquel paraje un afecto íntimo y profundo que yo podía comprender e incluso compartir con fuerza y sinceridad. Era capaz de percibir la fascinación que surgía de ese abandonado paisaje, la sagrada soledad que se respiraba en él; mis ojos disfrutaban con el contorno que trazaban las cimas de las colinas y con los fuertes contrastes provocados por los colores del musgo y las campanillas, de los arbustos moteados de flores, los relucientes helechos y las rocas grisáceas. Para mí, estos detalles significaban lo mismo que para ellas: una fuente de placer dulce y pura. El despiadado viento y la brisa suave, los días tormentosos y los serenos, los amaneceres y los crepúsculos, la luz de la luna y la oscuridad de la noche, ejercían en mí la misma atracción que en ellas. Caí, por tanto, víctima del mismo embrujo que las hechizaba.


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