Villette
Villette Ella hizo un mohÃn. El doctor John no pudo evitar sonreÃr ante su moue: cuando se reÃa, habÃa algo especialmente afable y bondadoso en su expresión. Vi que su mano se dirigÃa al bolsillo.
—¿Cuántas veces me ha abierto la puerta en el último mes? —inquirió él.
—Monsieur deberÃa llevar la cuenta —se apresuró a contestar Rosine.
—¡Como si no tuviera nada mejor que hacer! —exclamó el médico; pero observé que le daba una moneda de oro, que ella no tuvo el menor escrúpulo en coger, antes de salir bailando para atender a la campanilla de la puerta, que sonaba cada cinco minutos, pues era la hora en que los criados de las casas venÃan a recoger a las alumnas mediopensionistas.
El lector no debe juzgar duramente a Rosine. En general, no era mala persona; y no creÃa que hubiera nada deshonroso en coger cuanto le ofrecÃan, ni que fuera una desfachatez hablar como una cotorra con el mejor caballero de la Cristiandad.