Villette
Villette La joven le observó unos instantes. QuerÃa mostrar firmeza, superioridad ante sus sarcasmos; conociendo el carácter de su padre y adivinando sus pequeñas flaquezas, habÃa esperado que se produjera una escena parecida; no la cogió por sorpresa, y deseaba sobrellevarla con dignidad, pues su reacción era muy importante. Pero su dignidad no le resultó demasiado útil. Las lágrimas asomaron súbitamente a sus ojos; se abrazó al cuello de su padre.
—No te abandonaré, papá; nunca te abandonaré. No seré la causa de tu dolor; ¡jamás seré la causa de tu dolor! —sollozó.
—¡Mi amor! ¡Tesoro mÃo! —susurró el afectuoso, aunque rudo, caballero.
No dijo nada más; habÃa pronunciado aquellas palabras con una voz tan ronca…
La estancia empezaba a estar envuelta en la penumbra. Oà fuera un movimiento, unos pasos. Convencida de que serÃa un criado con las velas, abrà cuidadosamente la puerta para evitar cualquier intromisión. En la antesala no habÃa ningún criado; un caballero muy alto dejaba su sombrero en la mesa y se quitaba lentamente los guantes… esperando, sin prisa, según me pareció. No me llamó con un gesto o una palabra; pero su mirada decÃa: «Acérquese, Lucy». Y yo le obedecÃ.