El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Hasta la una de la tarde duró el suplicio. Entonces Nikanor Ivánovich trató sencillamente de escapar, para lo que salió de su casa en dirección a la oficina que estaba situada junto a la verja del inmueble. Pero el asedio no cesó y también tuvo que huir de allí. Aunque con bastante dificultad, consiguió despistar a los que le perseguían entrando por el patio asfaltado, y por fin desapareció en el sexto portal, donde, en el quinto piso, se encontraba el maldito apartamento número 50.
Nikanor Ivánovich, que era algo grueso, tuvo que pararse en el descansillo de la escalera para recobrar la respiración. Después llamó al timbre de la puerta del apartamento, pero nadie abría. Irritado y gruñendo en voz baja, llamó una y otra vez, pero sin resultado. Harto de esperar, sacó del bolsillo un manojo de llaves que pertenecía a la administración, abrió la puerta con mano autoritaria y entró en la casa.
—¡Oye, muchacha! —gritó Nikanor Ivánovich una vez en el vestíbulo, que estaba semi a oscuras—. ¡Grunia, o como te llames! ¿Dónde estás?
Nadie contestó.
Nikanor Ivánovich sacó de la cartera una cinta métrica, quitó el lacre de la puerta del despacho y dio un paso hacia adentro. Sí, un paso sí que lo dio, pero no llegó a dar más, porque el asombro le detuvo en la puerta; hasta se estremeció.