El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¡Hombre, Grigori DanÃlovich, no digas eso! Es un paso muy inteligente. El meollo de la cuestión está en la revelación de los trucos.
—No sé, no sé, me parece que no se trata del meollo… Siempre se le ocurren cosas asÃ. Y, por lo menos, nos podÃa haber presentado al mago ese. ¿Lo conoces tú? ¡De dónde diablos lo habrá sacado!
Pero tampoco Varenuja habÃa tenido la oportunidad de conocer al nigromante. Stiopa habÃa irrumpido el dÃa anterior en el despacho de Rimski («como un loco», según decÃa el mismo Rimski) con el borrador del contrato, pidiendo que lo pusieran en limpio inmediatamente y que entregaran a Voland el dinero. Pero el mago desapareció y nadie pudo conocerle, a excepción de Stiopa.
Rimski sacó el reloj: ¡las dos y cinco!, comprobó furioso. La verdad es que tenÃa toda la razón. Lijodéyev habÃa llamado sobre las once, diciendo que llegarÃa en seguida y no sólo no habÃa venido, sino que, además, habÃa desaparecido.
—Está todo paralizado —casi rugÃa Rimski, señalando con el dedo un montón de papeles a medio escribir.
—¡Mira que si lo ha atropellado un tranvÃa como a Berlioz! —decÃa Varenuja, escuchando las graves, prolongadas y angustiosas señales del teléfono.
—Pues no estarÃa mal —apenas se oyeron las palabras de Rimski, dichas entre dientes.