Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Pero no podía avanzar mucho, porque seguía hablando todo el rato, unas veces con el gatito, otras consigo misma. El minino se acomodó muy bien sobre su regazo, en actitud de observar la acción de la muchacha, y de vez en cuando extendía una pata y tocaba delicadamente el ovillo, como si acariciara la posibilidad de ayudarla en su labor.

—¿Sabes qué día es mañana, Mino? —empezó a decir Alicia—. Lo sabrías si te hubieras asomado a la ventana conmigo…, solo que no pudiste porque Dina te estaba aseando. Yo vi cómo los chicos amontonaban leña para la fogata… ¡Y una hoguera consume tanta leña! Pero hacía mucho frío y nevaba tanto que tuvieron que dejarlo. No importa, Mino, ya iremos a ver la fogata mañana.

Dicho esto, Alicia dio con la lana dos o tres vueltas al cuello del minino, simplemente para ver cómo le quedaba, y esto produjo tal confusión que el ovillo rodó por el suelo y metros y metros de hilo quedaron otra vez desenrollados.





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