Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Embutirse, sà —repitió—. Sufrimos toda esa fase de la enfermedad; ¡fue horrible, se lo garantizo! Naturalmente, como la oposición era una prueba general, intentábamos incluir en ella exactamente lo que se querÃa, ¡y el gran objetivo a alcanzar era que el candidato no necesitase saber nada que no entrara en el examen! No digo que alguna vez se consiguiera del todo, pero uno de mis propios alumnos (perdone el egotismo de un anciano) estuvo muy cerca de ello. Tras el examen, me expuso los escasos datos que sabÃa pero no habÃa sido capaz de incluir en su respuesta, ¡y puedo asegurarle que eran nimios, señor, absolutamente nimios!
Yo expresé mi sorpresa y placer sin demasiado entusiasmo.
El anciano hizo una inclinación de cabeza, con una sonrisa satisfecha, y continuó.
—En aquella época, nadie habÃa dado con la estrategia mucho más racional de esperar los destellos individuales de genio y recompensarlos a medida que apareciesen. Por tanto, metÃamos a nuestro desafortunado alumno en una botella de Leyden, lo cargábamos hasta las cejas, luego aplicábamos el electrodo de una oposición y extraÃamos una magnÃfica chispa, ¡que muy a menudo rompÃa la botella! Pero ¿qué más daba eso? Le ponÃamos una etiqueta de «chispa de sobresaliente», ¡y la dejábamos en la repisa!
—¿Pero el sistema más racional…? —sugerÃ.