Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha 
Apenas llegada la blanca aurora, llamó don Quijote a su escudero, que todavía roncaba. Lo cual, visto por don Quijote, le dijo:
—Ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los límites de tus deseos no se extienden a más que a dar pienso a tu jumento. Duerme el criado, y está velando el señor, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacer mercedes.
A todo esto no respondió Sancho, porque dormía. Despertó por fin y, volviendo el rostro a todas partes, dijo:
—De la parte de esta enramada, si no me engaño, sale un tufo más de asados que de juncos y tomillo bodas que por tales olores comienzan deben de ser abundantes y generosas.
—Acaba, glotón —dijo don Quijote—. Ven, iremos a ver esos desposorios.
Se acercaron, y lo primero que se ofreció a la vista de Sancho fue, ensartado en un asador, un entero novillo. Había seis ollas alrededor de una hoguera, que daba cabida cada una a un matadero de carne. Las liebres y gallinas colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían número. Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta, todos limpios, todos diligentes, todos contentos.