El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––Alquilar una lancha y bajar por el rÃo siguiendo el rastro del Aurora.
––Querido amigo, ésa serÃa una tarea colosal. Puede haber atracado en cualquiera de los muelles de una u otra orilla, de aquà a Greenwich. Más allá del puente hay todo un laberinto de embarcaderos, de muchas millas. Nos llevarÃa dÃas y dÃas recorrerlos todos si lo hacemos solos.
––Pues recurra a la policÃa.
––No. Aunque es probable que en el último momento llame a Athelney Jones. No es mala persona y no me gustarÃa hacer algo que le perjudicara profesionalmente. Pero ahora que hemos llegado tan lejos, me apetece resolver el caso yo mismo.
––¿Y si ponemos un anuncio pidiendo información a los encargados de los muelles?
––Mucho peor. Nuestros hombres sabrÃan que les pisamos los talones y huirÃan del paÃs. Tal como están las cosas, ya es bastante probable que se marchen, pero mientras crean que están a salvo, no tendrán prisa. En este sentido, nos va a venir bien la energÃa de Jones, porque seguro que su versión del caso aparece en los diarios, y los fugitivos creerán que todo el mundo sigue una pista falsa.
––Pues entonces, ¿qué hacemos? ––pregunté mientras desembarcábamos cerca del penal de Millbank.