El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Sacó la lupa y una cinta métrica y recorrió la habitación de rodillas, midiendo, comparando, examinando, con su larga nariz a pocos centÃmetros de las tablas del suelo y sus ojos redondos brillando desde el fondo de sus cuencas, como los de un pájaro. Tan rápidos, silenciosos y furtivos eran sus movimientos, como los de un sabueso bien adiestrado siguiendo un rastro, que no pude evitar pensar en el terrible criminal que habrÃa podido ser si hubiera aplicado su energÃa y sagacidad en contra de la ley, en lugar de aplicarlas en su defensa. Mientras husmeaba, no paraba de murmurar para sà mismo, hasta que al final estalló en un fuerte cacareo de júbilo.
––Desde luego, estamos de suerte ––dijo––. De aquà en adelante, ya no deberÃamos tener problemas. El Número Uno ha tenido la desgracia de pisar la creosota. Vea el contorno de su piececito ahÃ, al lado de ese pringue maloliente. Como ve, la garrafa se ha agrietado, y el producto se ha derramado.
––¿Y eso, qué? ––pregunté.